COVID-19 y la nueva era del miedo

Los panameños vivimos en una sociedad cargada de miedo. Estas no son las simples exageraciones, ansiedades o histeria colectiva que acompañan la pandemia.

Este es el resultado de décadas del miedo colectivo, asimilado y consumido como parte de nuestra conciencia.

Desde 1984 cuando los militares robaron brutalmente las elecciones presidenciales de mayo, la clase media panameña conoció, el miedo a la represión, el terror a la incertidumbre y la ansiedad por el futuro.

Ese miedo se fue agravando por casi 6 años hasta que la dictadura terminó por medio de una invasión militar estadounidense. Los torturados, los desaparecidos, los secuestrados, los encarcelados, los vejados y los arruinados fueron un capítulo cerrado pero nunca olvidado ni sanado de nuestra historia.

Más o menos por 15 años el miedo fue disimulado entre una historia de progreso y una perspectiva de prosperidad. Casi al final del gobierno de Mireya Moscoso, se empezaron a disparar los índices de criminalidad y por supuesto de violencia.

Los asesinatos fueron parte del tema electoral del 2004 y la campaña ganadora del presidente Martín Torrijos, tenía como parte de su lema una promesa de más seguridad. Los índices de violencia aumentaron en el gobierno Torrijos, precisamente cuando crecía sustancialmente la economía de Panamá.

Este era un miedo de seguridad ciudadana y estaba ubicado especialmente en áreas geográficas específicas (las zonas rojas) y en un espacio de tiempo limitado “sucedió mientras usted dormía”.

A partir del 2009 el miedo se volvió político. No bastaba con la inseguridad ciudadana sino con una política de interceptación de comunicaciones, persecución económica y hostigamiento político. El miedo se volvió universal.

A cualquiera le podía pasar lo de Vernón Ramos o cualquier colectivo que se resistiera podría enfrentar la represión violenta de Changuinola, San Félix o Colón.

El periodo de Juan Carlos Varela no fue capaz de curar esos miedos. La conciencia del panameño estaba marcada por una sensación de que existía otro gobierno que mandaba más que el de Varela, y controlaba a la Corte y a la Asamblea.

El miedo real a la impunidad quedó convertido en una verdad material.

Laurentino Cortizo llega a la presidencia en medio de varios miedos: el de seguridad ciudadana universalizado, el de impunidad prácticamente convertido en realidad, y el miedo económico ante una situación de crecimiento pausado y de exclusión económica de grandes sectores de la población. Como colofón ahora llegó la pandemia.

La histeria colectiva que recogen las redes sociales y que se manifiesta en una actitud psicológica de estar atrapados sin salida, merece mucha más atención de la que están recibiendo. Los gobiernos de este país no han sabido comunicarse con los ciudadanos.

Los políticos saben organizar campañas electorales, operaciones de mercadeo que incluyen una dimensión comunicativa para conseguir apoyo de los votantes. Ese cheque en blanco emitido cada 5 años no viene acompañado de un esfuerzo de conversación o diálogo social permanente.

El gobierno de turno se “comunica” por medio de una campaña audiovisual con la voz grave del mismo locutor que firma cada cuña o mensaje de radio con el eslogan del régimen del momento.

Con la pandemia, este esfuerzo ha sido acompañado con una conferencia de prensa diaria cuyo punto máximo de interés es la cantidad de enfermos, número de muertos y la expectativa de medidas de contención más severas. Esto ha servido para matar bochinches pero no para establecer un diálogo social.

Los diálogos son un intercambio multilateral entre partes iguales que tienen algo que decirse y algo que escuchar, uno del otro.

Como la Asamblea Nacional y los Concejos Municipales dejaron de ser hace mucho tiempo foros de diálogo político, apareció la Concertación Nacional para el Desarrollo, el Pacto de Estado por la Justicia y otros organismos mixtos que buscan ser canales de diálogo político que muchas veces parecen misa entre obispos.

No existen instancias de comunicación real y funcional entre la Sociedad y el Estado. Las Juntas Comunales son un círculo de colaboradores y conocidos de Representantes de Corregimientos.

Los Comités de Salud, Comités de Agua, y Comités de Cuenca son en muchos casos entes sepultados por la letra muerta de la legislación que los creó.

El intelectual Guillermo Castro me recordaba esto, y me invitaba a imaginar cómo sería la realidad alternativa de un Comité de Salud funcional en el Corregimiento de San Francisco, comunidad con el mayor número de casos de Covid-19.

El miedo desaparece cuando uno tiene control y cuando existe la sensación de que hay un orden que puede ser restablecido. Sin esos espacios sistemáticos de intercambio ciudadano con el Estado quedamos en manos de lo que Andrés Vega Domplín llamaba “Radio Bemba” y que hoy pudiéramos denominar como bemba.com

El miedo está en los rostros, los chistes interrumpidos, los memes de mal gusto, o en las filas de los supermercados y farmacias, que se enfrentan a la pregunta universal de: “¿se acabó?”, la respuesta amable del dependiente no ayuda mucho a calmar la ansiedad interior.

Los panameños sabemos que nuestras instituciones públicas no funcionan, sentimos que estamos abandonados a nuestra suerte para resolver los tres golpes del día, la medicina del abuelo, la leche del chiquillo, o la plata para la escuela de los pelaos. Este panorama institucional alimenta más el miedo.

En China, cuando se dispuso la cuarentena más estricta, el gobierno organizó los servicios de reparto a domicilio de bolsas de comida y medicamentos.

Igual pasó en Corea del Sur. En Estados Unidos, una vez se apruebe el rescate de la economía por el Congreso, el gobierno estará enviando por correo los cheques a todos los ciudadanos. En dos semanas cada contribuyente recibirá el subsidio prometido.

Esto lo viví en el 2001 cuando se aprobó una ayuda para levantar la economía, incluso un panameño que trabajaba para una empresa consultora recibió su cheque porque era un contribuyente y aparecía en las bases de datos oficiales del Estado.

La mayoría de las instituciones en Panamá no funcionan a nivel de lo mejor de América Latina, ni mucho menos de los países OCDE o algo similar. Por ejemplo, hemos dejado que se pierda hasta el fondo del pozo el servicio de correos del país.

No entendemos el enorme daño que esto le ha hecho a nuestra economía y por ende a nuestra sociedad. Es cierto, la mayoría de la gente ya no envía cartas pero recibe cuentas, debe contestar formularios, y ocasionalmente le llega la sorpresa de un cheque.

Si nuestro servicio de correos funcionara, sería muy fácil repartir un estímulo fiscal entre la población. El correo no puede funcionar por el diseño sistémico que tiene y porque el país carece de una nomenclatura funcional, es decir, direcciones claras de dónde está cada cosa y vive cada persona.

La nomenclatura mejorcita era la de San Francisco, y ha sido desmejorada completamente.

A Panamá le faltan más de tres mil médicos y otras tantas enfermeras. En los últimos años, el Ministerio de Salud y la Caja del Seguro Social fueron usados como bancos de empleos y como fuentes de contratos de construcción. La función de generar “salud igual para todos” fue dejada a iniciativas dispersas. Por eso cuesta tanto organizar la respuesta del Estado para enfrentar la pandemia.

El Instituto Conmemorativo Gorgas de Estudios de la Salud es nuestro principal escudo de defensa, pero ha estado a punto de cerrar en varias ocasiones. Este es un país cuyos líderes políticos y empresariales creen muy poco en la ciencia y en formar capital humano propio.

Una gran mayoría de los investigadores del Gorgas poseen altos niveles académicos, por ser becarios de otros países, y unos cuantos de SENACYT. Sin ellos, hoy con esta situación nos estaría comiendo el tigre.

La política de becas ha estado en manos de operadores políticos que buscan votos para la próxima elección. No han tenido idea de las necesidades de capital humano del país, ni tampoco de lo verdaderamente difícil que es depender de una beca en un país extranjero y que tu pago dependa de una persona que le ponga un sello y se demore tres meses en eso. Pagos a becarios en el extranjero que debieron darse en enero este año, empezaron a salir esta semana.

Tenemos miedo, mucho miedo porque tenemos un Estado que no es de derecho, y que no es capaz de cumplir con sus grandes asignaciones y sus pequeñas responsabilidades. Tenemos miedo de que el IDAAN nos deje sin agua, de que las distribuidoras eléctricas tengan un apagón, que las compañías de telecomunicaciones nos dejen sin Internet, que el Seguro Social y las farmacias privadas no tengan las medicinas y que los supermercados se queden sin alcohol y sin gel.

La respuesta heroica que los funcionarios de salud le han dado a la crisis merece inscribirse en los libros de historia pero la respuesta institucional y económica sigue estando muy lejos de donde debería estar para un país como Panamá.

Al máximo grado de solidaridad ciudadana, empresarial y social demostrado, ahora se agrega el miedo que una partida de vándalos en Colón por vía de la extorsión y la amenaza anuncia tres días de saqueos a los puertos a partir de fines de esta semana.

Esto son los mismos que boicotearon la llegada de cruceros a la atribulada provincia colonense. Ellos son los hijos del clientelismo más abyecto, del populismo corrupto y del colapso de la familia en Colón. De permitirse un solo saqueo, se estará condenando a Colón a la marginación absoluta y a todo el país se le estaría obligando a vivir con una extorsión permanente. Ese es un futuro lleno de miedo que nadie quiere para Panamá.

Creo que mucha gente tiene más miedo de lo que pasará después de la pandemia, a lo que está pasando ahora. Estados Unidos anunció un rescate económico de 10% de su PIB, España de 20% de su PIB, Alemania del 9% de su PIB y Nueva Zelanda de 4.5% de su PIB.

Panamá no tiene capacidad de hacer nada de esto con fondos propios porque la década pasada fue una racha de despilfarro y corrupción, una gran década perdida. Nueve de los 10 años de la década pasada tuvimos déficit fiscal. No ahorramos. Nuestra deuda pública se triplicó en 10 años, de 10 mil millones en el 2009 a 31 mil millones en el 2019. No se resolvió un sólo problema social con ese derroche de dinero.

Si Panamá busca atender la crisis económica producto de la pandemia tendría que ir a tocar las puertas del Fondo Monetario Internacional, del Banco Mundial, Banco Interamericano de Desarrollo y la Corporación Andina de Fomento (Banco de Desarrollo de América Latina). Tenemos que ir rápido a estos bancos antes de que Turquía, México o Brasil pasen la paila para buscar fondos para sus propios programas de rescate. Si dejamos pasar la oportunidad entonces el miedo hará estragos con nosotros.

Dicen que para vencer el miedo hay que tener mucho conocimiento y mucha fuerza de voluntad. Sigmund Freud decía que habían dos tipos de miedo: el neurótico que era un miedo que uno mismo se inventaba; y el real, que era un miedo razonable ante una amenaza inminente.

Sin instituciones que funcionen plenamente nuestros miedos neuróticos muy pronto se transformarán en miedos reales. Cuando tomó posesión como presidente de Estados Unidos, el 4 de marzo de 1933, Franklin Delano Roosevelt recordó aquella frase del filósofo Henry David Thoreau de que, “lo único que hay que temer es al temor mismo”.

Nunca ha sido esto tan cierto como estos momentos. La pandemia de COVID-19 tiene 2 soluciones, una sanitaria que hasta ahora la estamos haciendo muy bien, y otra política-económica que necesitan que Laurentino Cortizo supere las cortapisas del poder político actual y lance una verdadera reforma del Estado panameño.

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